lunes, 30 de agosto de 2010

Bufff



Se podría decir que el verano es un tiempo que destruye el animo de trabajo de las personas, desde luego yo puedo decirlo porque a mi me pasa. He intentado seguir purgándome, escribir un gélido relato de la bienvenida que el pueblo de Arboleda a buen seguro le va a dar a Urlen y Dindan y en mi imaginación los glaciares del relato se derriten por el calor que me rodea y ahogan a todo el mundo.

La suma de calor y vacaciones hace que me den ganas de estar todo el día haciendo nada, aunque en mi cabeza se muevan lugares y personas y se escriban nuevas historias que merecen ser contadas. Pero eso pasa en segundo plano, la imagen que reina es la de un bosque agitado con el viento moviéndolo, convirtiéndolo en un mar de verdes y rojos Desde que lo vi se ha anclado a mi cortex visual y cuando cierro los ojos lo veo y respiro...

El verano es el tiempo en que se secan los torrentes, pero llegará el otoño y volverá el agua a alimentar el cauce, hasta entonces saludos desde ninguna parte.

jueves, 8 de julio de 2010

Invierno 10



Había cabañas solitarias en puntos dispersos y sus habitantes al ver a los dos viajeros hacían poco o nada por encontrárselos o conocerlos.

Tras una breve ruta en dominios de leñadores las puertas de Arboleda se alzaban ante ellos. Nadie parecía patrullar la entrada, ningún soldado en las torretas.

Urlen contempló la fortificación y le confortó la idea de dormir tras la seguridad de unas murallas, tras días de vagar por tierras salvajes.

Las puertas se abrieron mientras se aproximaban y aparecieron arqueros en las torretas que les apuntaban al tiempo que lanzaban advertencias y les alentaban a deshacerse de cualquier arma que portasen. El orgullo guerrero del sureño le hizo llevar la mano a la empuñadura de su arma, idea que desechó al ver la comitiva de guardias armados que acudía desde el interior de la ciudad.

La expresión de Dindan, como en otras ocasiones se volvió sombría y abrió su instrumento, pero no paso nada, antes de que llegara a accionar alguno de sus mecanismos se lo arrebataron, a ambos les despojaron de su equipo y los maniataron.

Urlen había sufrido un pálpito de miedo al ver el gesto de su compañero, pero al quitarle los guardias el Canundrón fue como si un velo hubiera sido retirado de su vista y saliese de un sueño, viendo por primera vez a Dindan como lo que era, un triste hombrecillo, loco y patético, que sin su juguete lloriqueaba mientras lo apresaban.

Los arrastraron adentro y el joven caballero buscó refugio en el sarcasmo:

- ¿Amigos tuyos? – preguntó al bardo, que hipaba con cara de atontado.

El verde




Kira estaba acostumbrándose a las nuevas habitaciones, curioso, nunca habían tenido, así que en realidad estaba encantada.

Su nuevo hogar era el edificio verde, un coloso casi derrotado en aquel paraje polvoriento. Había acogido a la nueva familia como lo hizo con oficinistas y científicos cuando tenía otros propósitos.

Ellos eran Sofía y sus hijas Kira y Menut, de diecinueve y seis años respectivamente, las protegía Ryo, cuñado de Sofía y tío de las niñas. Gracias a él las mujeres nunca necesitaron más protección de los hombres sin escrúpulos del páramo.

Según los adultos estarían más seguros lejos de las grandes ruinas, donde los desalmados se abastecían de lo que necesitaban como animales carroñeros. Vivir apartados, resguardados y seguros hacía que Sofía y Ryo pasaran casi todas las horas de luz lejos de casa buscando comida y agua. Dejaban a Menut al cuidado de Kira y esta se perdía en sus sueños.

La niña jugaba entre los escombros y saltaba de piedra en piedra, Kira estaba dibujando nubes en una pared con un trozo de tiza, un original cielo verde. Menut se cansó y se durmió sobre su hermana que contemplaba el páramo imaginando el antiguo mundo. Vehículos, grandes ciudades llenas de gente feliz, con agua al alcance de la mano, fruta a montones en los mercados, televisión, el sueño perfecto de la humanidad.

Vio entonces una calle y era inusual, porque solo las había visto en fotos y dibujos. Tres casas prácticamente idénticas y consecutivas se conservaban entre los restos de otras que fueron iguales y le devolvían la mirada. Era solo un pedazo del pasado y estaba aislado sobre una escombrera igual que todos los pedazos que había por allí.

Le gustaron aquellas casas guarnecidas entre chapas y esqueletos del mundo desaparecido, reforzaba su ensoñación. Acarició la cabeza de Menut metiéndole los dedos en la melena oscura y le susurró al oído.

- Un dia tendremos una casa así – besó su mejilla – y yo tendré un jardín con flores.

De buen humor



Los relámpagos llegaron primero, como es natural. La lluvia, pausadamente al principio con furia después, caía sobre la ciudad.

Él estaba solo en casa, viendo como otros salían a la calle y se malhumoraban ante la visión del asfalto húmedo.

Los arboles estaban visiblemente alegres, saludando a la lluvia, él hizo lo mismo, disfrutaba la lluvia aunque a otros no les gustara.

Se puso un chándal gris viejo y salió a correr, quedando calado en pocos segundos. Agitó la cabeza bajo el chaparrón, respirando el aire húmedo y limpio.

Unos gorriones se refugiaban en una cornisa cercana y asomados a la calle vieron al alegre corredor, que apoyó las manos en las rodillas lanzando bocanadas de vaho.

El agua recorría toda su cabeza, arrastrándole el pelo delante de la cara, al apartarlo vio a los pajarillos y les sonrió, mientras, a su alrededor caras en grises muecas.

No disfrutaba la lluvia sin importarle que a otros no les gustase, la disfrutaba porque ellos la odiaban.

miércoles, 30 de junio de 2010

Invierno 9



El viento que recorría el valle traía olor a pastos, algo que un viajero en aquellos parajes agradecía de inmediato, la cercanía de la civilización.

Nuestros protagonistas habían alcanzado un sendero que recorrían desde el día anterior y estaban más tranquilos. El deshielo era evidente en el cauce cercano de un riachuelo que crecía por momentos y se podían ver viejas canalizaciones de agua para cultivos que el hombre había perdido antaño frente a la naturaleza.

Las tierras salvajes dieron paso a pastos y colinas, una combinación bella en su sencillez enmarcada por montes y montañas nevados.

Era su segunda jornada en aquel nuevo terreno y Urlen empezó a imaginar porqué la ciudad se llamaba Arboleda. Una línea verde, que tan solo era el comienzo, anunciaba la existencia más adelante de un inmenso macizo boscoso.

El valle se abría entonces a tierras llanas que iban ladera abajo, dejando Arboleda y su sinonímico entorno como puerta a la montaña. La ciudad podía verse a lo lejos rodeada de frondosidad.

- Ah… el hogar – dijo Dindan con una amplia sonrisa.

Invitado



Hay una fiesta en la sexta planta. Todos están felices, ríen, brindan y disfrutan del ambiente.

Ahí, sin hacer ninguna de esas cosas estoy yo. Me pregunto que estoy haciendo allí, porqué me invitaron. No hay una emoción definible en mi interior, pero si agitación. Estoy cerca del mareo, nada me parece como debería ser.

El jolgorio a mí alrededor me satura y salgo a una terraza. Muy por debajo los sonidos de una ciudad adormecida me calman. La puerta se abre y un rostro feliz me hace compañía. Me pregunta como me va y le digo la verdad, me estoy pudriendo por dentro. Posa la mano en mi cabeza con cariño y me dice que todo se arreglará, después regresa adentro.

Aunque crean conocerme o yo a ellos, todos sabemos que es una mentira aceptada de común acuerdo, para no asumir la debilidad de nuestras apreciaciones.

Desde fuera de la fiesta la veo como estando adentro, igualmente no pertenezco allí, en realidad a ningún lugar. En ese balcón, solo, es donde pertenezco, en la “compañía” de alguien que me acepta y conoce. De otra manera siempre soy un invitado en una fiesta que no comprendo.

jueves, 17 de junio de 2010

Invierno 8



Todo alrededor de Urlen se agitó, las rocas se resquebrajaban y el suelo vibraba como lo haría bajo una estampida de enormes bestias.

Dindan se alzaba ahora flotando en el aire mientras reía y golpeaba los mecanismos del Canundrón más enloquecido de lo normal. Relámpagos y rayos multicolor salían del instrumento y causaban destrucción allá donde golpeaban.

El impulso del joven guerrero era huir, pero el miedo paralizaba sus piernas, una angustia indescriptible amenazaba con cortar su respiración y entonces… abrió los ojos.

Nunca había tenido una pesadilla así que Urlen estaba nervioso como mínimo. Su frente estaba perlada de sudor pese a la baja temperatura. Frente a él Dindan dormía plácidamente. Con una sonrisa en la boca ronroneaba y hacía ruidos propios de un animal satisfecho.

Seguían en un campamento improvisado de camino a Arboleda, la única población de la zona y lugar de origen del músico loco.

La perspectiva de acercarse a la civilización –juntos además- no hacía felices a ninguno de los dos viajeros, pero se lo escondían el uno al otro debido quizá a que la necesidad de asociarse era tan patente en los últimos días como su desconfianza mutua. Habían acelerado su descenso por aquel valle alentados por los lobos que les seguían hacía poco y que se encontraban envalentonados por la mejoría del tiempo.

Al acordarse de ellos Urlen tuvo un escalofrío y se arrebujó en sus mantas, poniendo atención a los sonidos tras el viento.

Dindan soñaba con un pastel enorme.