viernes, 22 de abril de 2011

Invierno 15



El despacho del alguacil estaba cubierto de una fina capa de polvo. Armas y escudos colgados en la pared recordaban los días jóvenes y llenos de aventura. En el escritorio esperaban documentos de diversa naturaleza legal y Jort debería estarlos revisando como primera tarea de la jornada. Pero el jefe había interrumpido sus obligaciones por una improvisada siesta.

Algo en sus sueños le sobresaltó y abrió un ojo al compás de un ronquido. En la calle frente a su cuartel vio a un hombre joven que se pertrechaba a toda velocidad. Estaba equipándose con una bonita armadura que por un momento inspiró al alguacil recordándole algo del pasado, con ese recuerdo se quedó dormido de nuevo.

Tras haber escapado de la prisión y recuperado su equipo a Urlen ya solo le quedaba seguir improvisando viendo que no le había ido mal. Tuvo sus dudas al recuperar sus cosas, no quería sobrecargarse y había dejado su arco y el carcaj de flechas a favor de recoger el resto de los bultos y poder correr ligero.

Y corriendo llegaba junto al Gran Salón, de su interior procedía un clamor airado. Podía imaginar quién era el responsable.

Trepó todo lo rápido que pudo, encaramándose al edificio, algunos centinelas le habían divisado y el silbar de flechas lanzadas en su dirección sonaba amenazante.

Se apresuró en recorrer el techado, más proyectiles le persiguieron, una saeta rebotó contra la hombrera de su armadura.

Se encontraba frente a una claraboya, bajo él pudo ver el juicio, o su final en realidad, el gobernante dio órdenes a los guardias y Urlen desenvolvió uno de los paquetes que había recuperado de las estancias de Jort, era el Canundrón, objeto que le transmitía un enorme respeto. Contempló con admiración el instrumento y acarició su madera oscura.

De una patada reventó el tragaluz, los ocupantes del Salón se cubrieron de los cristales y miraron arriba. El caballero estaba allí y captó la atención del músico contundentemente.

- ¡Dindan! – Voceó.

Este levantó la vista y recogió el Canundrón en su caída. Abrazó la caja y la besó, como haría con una mascota perdida, deformando este amoroso gesto una mueca siniestra acudió a sus rasgos y con el instrumento abierto mostrando su interior avanzó triunfante al centro de la escena.

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