viernes, 22 de octubre de 2010

Cuestión de envidia



Jean Theroux fue un envidioso toda su vida.

Tenía envidia de los otros niños, tenía envidia de las niñas, tenía envidia de los gatos y hasta del Sol tenía envidia.

Tenía once años y era un chico solitario pero le encantaba ir al taller de su vecino Simon-Rene.

Había un montón de herramientas que podían construir cualquier cosa.

Tenía envidia de las herramientas.

También tenía envidia del hijo de Simon-Rene, Louis.

Louis tenía tres años y todo el mundo pensaba que era un pequeño ángel. Las señoras mayores paraban a su madre para cantar las alabanzas del niño y darle un dulce o incluso una reluciente moneda de un franco, lo cual, pensaba Jean, era bastante estúpido ¿para qué quería un niño de tres años una reluciente moneda de un franco?

Las señoras mayores nunca paraban a la Señora Theroux para decirle lo guapo que era su hijo. Ni siquiera cuando era un bebé.

Un día, estando en taller a solas con Louis se le ocurrió que igual a las señoras mayores no les gustaba tanto Louis si era tuerto, así que cogió un punzón y se lo clavó en el ojo izquierdo.

Tal vez lo hizo con demasiado entusiasmo.

Louis pegó tales berridos que se oyeron por todo Coupvray. Jean no envidió a Louis en ese momento, lo que hizo fue salir corriendo a su casa a esconderse debajo de su cama.

Ahí abajo, a salvo, oyó cierto revuelo en su casa y cómo sus padres le llamaban. Al poco rato sintió unos pasos que se acercaban y la cama fue arrancada de cuajo. Su padre le miró severamente y le dio una bofetada que le saltó un diente. Luego aplicó su cinturón contra el culo de Jean. No pudo sentarse en dos días.

Respecto a Louis, perdió el ojo izquierdo y debido a la infección perdió también el derecho.

Ahora las señoras paraban aún más a la madre de Louis y a él le daban aún más dulces y aún más francos.

Jean tuvo envidia de eso.

Pasaron unos años y la familia de Louis se trasladó a París. Jean, mientras tanto se quedó en Coupvray, empleado en el taller de monsieur Javel como aprendiz.

Jean nunca había estado en París aunque estaba bastante cerca. Tenía mucha envidia de Louis, de todo lo que podría ver y oír en la capital. Mejor dicho, tenía envidia de lo que podría oír.

A pesar de su profunda envidia también desarrolló algo que podría llamarse sentimiento de culpa y en sus ratos libres inventó un sistema de lectura para ciegos. Se trataba de un intrincado sistema de líneas y aspas en relieve sobre un papel de alto gramaje. Cada combinación de líneas se correspondía con una letra del abecedario. Pero no sólo letras, también se podían representar números, la mayoría de los signos de puntuación e incluso algunas letras griegas.

Se pasó años desarrollando la máquina que grababa esos símbolos en papel en sus ratos libres y por fin, el 25 de marzo de 1825, el día que cumplía 24 años, fue a París a enseñar a todos su gran invento, pero en especial a Louis.
Para su gran demostración 'imprimió' toda la relación de letras y símbolos y el libro del Génesis.

París le dejó sin habla, pero se dirigió directamente al Instituto Nacional para Jóvenes Ciegos, donde sabía que se encontraba Louis. Ya habría momento más que de sobra para visitar la ciudad de la luz, tiempo más que de sobra para entrar en todos los cafés y tiempo más que de sobra para pasear por los bulevares para que la gente le señalara y dijera admirada 'mirad, es Jean Theroux, ése que ha hecho tanto bien a la humanidad'

Con esas ensoñaciones llegó al Instituto en medio de una gran algarabía. Había mucha gente, pero tanto mejor, así más parisinos sabrían de su éxito. Era un edificio grande, con una estatua de su fundador Valentin Haüy (muerto unos años atrás) en la entrada. Se encontraba, por cierto, en el Bulevar de los Inválidos, una calle de lo más apropiada.

Parecía que había una reunión de alguna clase, ya que todo el mundo pasaba al auditorio del centro. Jean se dejó llevar, 'qué de público voy a tener', pensaba. Tomó asiento en una de las últimas filas expectante del momento en el que saltar y hacer su anuncio.

Pasado diez minutos entraron tres figuras que se fueron directas al estrado y a una de ellas la reconoció enseguida, era el joven Louis. Uno de los otros empezó a hablar:

- Gracias a todos por venir. Como ya sabrán les hemos convocado para mostrarles algo que, estoy seguro, va a revolucionar el mundo. Se trata de un invento en principio ideado por monsieur Barbier (aquí a mi derecha) pero revisado y desarrollado por este joven genio de mi izquierda, Louis Braille. -tímidos aplausos - Como decía, el joven genio ha ideado un método de escritura para ciegos basado en puntos en relieve. Son seis puntos que variando su posición corresponden a una letra en particular. Gracias a este sistema los ciegos podrán leer sin necesidad de ser asistidos por nadie -aplausos generalizados- Antes sólo podían leer con letras en relieve, lo que era muy lento y fatigoso para los invidentes, ahora podrán leer con una velocidad similar a la de los videntes. Hemos llamado a este sistema 'Alfabeto Braille' -aplausos entusiastas-.

Jean no se lo podía creer. Estaba blanco como la cera.

- Y ahora -continuó el ponente- vamos a proceder a la demostración práctica. Louis, por favor.

Louis empezó a leer algo que quizás fuera el Génesis o tal vez fuera la imaginación de Jean. Se desató la algarabía, aplausos tremendamente entusiastas, gente vitoreando, mujeres llorando. No, Jean no podía ni quería escuchar la voz de Louis. Se levantó violentamente de su butaca (en una acción mal entendida ya que originó que todos los que aplaudían se levantaran a su vez de sus butacas y aplaudieran con aún más fuerza) y deambuló sin sentido por el edificio vacío para protegerse del estruendoso éxito de su envidiado.

Por azar entró en lo que resultó ser un aula donde había un niño ciego de siete u ocho años jugando con unos cubos de madera. Este niño pronto dejaría de jugar con cubos y empezaría a leer con el sistema Braille.

La envidia mataba a Jean, sentía cómo la bilis le subía por la garganta. Necesitaba algo con lo que aliviarse y el caso es que ese niño le recordaba tanto a Louis de pequeño...

- Oiga, joven.
- Dígame señor.
- ¿Has oído hablar del alfabeto Braille?
- Claro señor. Pronto podré leer por mi mismo. Louis es un genio, tiene que serlo para inventar algo así.

Envidia. Envidia. Venganza. Sacó su navaja.

- ¿Y crees que vas a poder leer tú solito?
- Claro señor.
- No, no lo creo.

Y

uno

a

uno

le

cercenó

todos

los

dedos.



¿Epílogo?

Jean Theroux fue un envidioso toda su vida.

Quiso ser inventor, incluso estuvo a punto de conseguirlo, se le adelantaron por poco.

Desde ese momento su envidia creció exponencialmente.

Por lo menos inventó algo por lo que se le recuerda.

Es el siguiente chiste:

'Un ciego coge un rallador de queso y dice '¿Pero quién coño ha escrito esta gilipollez?''


(La autoria es de Adri, igual que este blog: http://likeaparasite.blogspot.com/ Lugar donde residen otras creaciones de este insigne seguidor de sangre y almas.)

1 comentario:

  1. ¡Había un epílogo!

    Si, de verdad me lo ha planteado así :D

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